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¿Es el negocio de la música un mercado más justo ahora que en 2003? Por Xavier Cervantes

pro_touring21-1024x455Bajo esta premisa se desarrolló un amplio debate organizado por PrimaveraPro en Apolo Store el 16 de noviembre, como prólogo de la gira Primavera Sound Touring Party. Raül Fernández (Refree) empezó confesando que “el negocio” es una parte del oficio musical que “no le gusta nada”. Él, que ni siquiera vivió “la época en que daba dinero”, al menos para el músico, fue el primero en hablar de catástrofe. No obstante, una vez acabado el debate, Fernández dijo que se sentía como al principio de la charla, pero con mucha más información.

Más que contestar a la pregunta inicial, el objetivo del debate fue informar con afán didáctico sobre los entresijos de un negocio musical más o menos controlado por los de siempre, pero donde buena parte de las normas las estipulan actores hasta hace poco ajenos a la música.
Los encargados de arrojar luz sobre todo ello fueron agentes con diferentes intereses, pero todos ellos con una amplia trayectoria profesional vinculada a la música. Además de al líder de Refree, la cita reunió a Nando Caballero, músico, responsable del sello La Produktiva y conductor de un programa de radio; Gerardo Sanz, director de Fina Estampa, la oficina de management de Manel, Mishima, La Estrella de David y Bremen, entre otras bandas; Albert Torres, de la distribuidora digital independiente The Orchard; Josep Ganyet, experto en internet, profesor universitario y desarrollador de la aplicación Soundkik; y Leo Nascimento, de la plataforma digital Deezer. La inclusión de la palabra negocio en la convocatoria permitió que las conversaciones se centraran justamente en eso, así que no hubo digresiones de ningún tipo. Hubo discrepancias, pero en general predominó la curiosidad.

Sanz miró primero hacia atrás para recordar de dónde venimos. “La industria discográfica ha tenido que mutar”, dijo, y comparó esa mutación con la que experimentó el sistema de estudios en Hollywood. “Era una industria basada en un soporte físico, y ésa fue la causa de su éxito y de su fracaso”. Ganyet apoyó la tesis. Desde el momento en que se empezó a vender el máster, el CD, se estaba cavando la tumba de un modelo. “Con el CD nos la han metido doblada”, sentenció Refree. El CD, que amplió los márgenes de beneficio de la industria hasta límites obscenos a costa del consumidor, tiene los días contados. Sony prevé la desaparición de ese soporte para 2018.

La mutación de la industria, según Sanz, ha conducido a la búsqueda del negocio integral en un mundo cambiante que “no se sabe cómo va a evolucionar”. Hace un par de años parecía que el modelo iTunes, de compra por descarga, iba a ser definitivo, pero el presente ha inclinado la balanza a favor de los servicios de streaming de plataformas como Spotify y Deezer. Y aun así, nada parece seguro. “Hace ocho años no sabía lo que era iTunes”, reconoció Torres, que hoy trabaja para The Orchard, una distribuidora digital independiente que gestiona “ocho millones de canciones”.

Ganyet y Nascimento recordaron uno de los pecados de la industria discográfica tradicional: fueron agentes ajenos al sector musical los que tomaron la iniciativa; empresas tecnológicas como Apple se anticiparon al cambio, de la misma manera que después lo han hecho Spotify, Deezer y Pandora. “Ninguna discográfica fue capaz de montar un iTunes o un Spotify”, señaló Nascimento. La industria, aunque poco ágil, ha reaccionado buscando alianzas empresariales explícitas o implícitas con las plataformas de streaming. Es un camino que, según Sanz, hace que las tres grandes compañías discográficas mantengan una posición hegemónica. Es decir, que el negocio es tan justo o tan injusto como hace diez años. Caballero, que montó La Produktiva en 2009, aseguró que como discográfica independiente ha tenido que afrontar “una velocidad vertiginosa de problemas”. “La solución siempre es darle más trabajo al artista”, se quejó Caballero. En otras palabras, estar fuera de las compañías hegemónicas penaliza al independiente, tal y como pasaba en el siglo pasado; quizás con mayor virulencia.

Cambios en la negociación
El debate se organizó después de que Thom Yorke y Nigel Godrich decidieran retirar de Spotify las canciones de Atom For Peace. Consideraban injusto el reparto de beneficios. Según Yorke –que, por cierto, no ha retirado los temas de Radiohead–, los malos de la película son las plataformas de streaming. Nascimento, de Deezer, aportó datos que cuestionan la pataleta del líder de Radiohead. “El 70% de los ingresos de Deezer se destinan a pagos de derechos editoriales y fonográficos”, informó. Por tanto, a quien debería presionar Yorke es a su discográfica para conseguir un reparto más sustancioso de ese 70%. En este sentido, y como apuntó Sanz, queda claro que cuanto más vendedor sea el artista más argumentos tendrá para negociar con su discográfica. Exactamente lo mismo que sucedía en el siglo XX, pero con una salvedad que apuntó Nascimento: “Las discográficas aplican un margen de antes cuando los costes son mucho menores”. Es ahí donde, según él, debería trabajar el músico para obtener un reparto más justo. Con la venta digital, la situación es similar. Sanz puso cifras sobre la mesa: “El 97,1% de los álbumes disponibles en digital venden menos de 1.000 ejemplares. Y el 63% de las canciones tienen menos de diez ventas”. “El top 10 representa el 20% del consumo”, añadió Nascimento. Además, las grandes discográficas siguen bañándose en “un océano de céntimos” gracias a la venta de canciones y discos de catálogo que están sobradamente amortizados.

Aun así, hay margen de mejora para el músico. Spotify, a pesar de acumular pérdidas, mantiene la inversión porque hay indicadores que vaticinan la viabilidad del negocio, al menos en los países nórdicos. Es más, en Suecia la industria ha crecido un 17%, y los artistas empiezan a renegociar con las discográficas. No sucede lo mismo en España, donde la capacidad de maniobra del músico es muy reducida, entre otras cosas por los pobres números en las suscripciones premium a las plataformas de streaming y por los también pobres números de descargas de pago si se comparan con las de otros países. Curiosamente, Nascimento, de Deezer, ve un horizonte. “La piratería es un mercado para ser conquistado”, dijo. ¿Cómo? “Si no hay músicos no hay negocio. Por tanto hay que evangelizar”, explicó. Por evangelizar entiende convencer a los consumidores para que paguen por el servicio de streaming. “Se trata de empaquetar la música para darle valor”, dijo. Ganyet aportó un matiz: “Si se tiene más dinero que tiempo, se paga. Si tiene más tiempo que dinero, se piratea”.

En la parte final del debate hubo tiempo para entrar en el “lado oscuro”: la gestión de los grandes números, el Big Data. Es decir, toda la información sobre los perfiles de consumo de los usuarios de las plataformas digitales. Nascimento no escurrió el bulto: el Big Data forma parte del negocio porque hay empresas dispuestas a pagar por conocer esos perfiles de comportamiento. Si de repente hay 10.000 personas escuchando –o subiendo el volumen mientras escucha– una canción de un artista determinado, puede haber una marca de ropa interesada en saberlo para exponer en las tiendas las prendas asociadas a ese artista. Nascimento aseguró que en Deezer la información que se facilita cumple la legislación sobre privacidad. Aun así, el Big Data es un tema espinoso, terreno abonado a mil especulaciones sobre el uso ilegal que se pueda hacer de la monitorización de la información.

Resumiendo, el futuro del negocio musical sigue siendo incierto, sobre todo en cuanto al modelo. Si hacemos caso a las tesis de Gerardo Sanz, las grandes discográficas, más o menos reconvertidas, seguirán manteniendo la hegemonía, pero entrarán en juego nuevos agentes. Albert Torres señaló uno. “Si YouTube entra en la televisión, el 50% de los ingresos de publicidad cambiarán de manos”. Sanz concluyó su intervención con una pregunta, “¿Seguirá siendo el streaming el futuro?”, y con una certeza: “El 46% de la población sigue descubriendo artistas nuevos a través de la radio convencional”. Josep Ganyet aportó la máxima del consumo móvil: “Tener lo que quieras, donde quieras y cuando quieras”. Nascimento mantuvo su apuesta evangelizadora. Mientras tanto, los músicos, Nando Caballero y Raül Fernández, escuchaban atentamente tratando de asimilar que, para ellos, el negocio es tan injusto como ha sido siempre.

Xavier Cervantes – Redactor de la sección de cultura del periódico ARA